El viaje misionero a la Ruta 40 estaba llegando al final. Solo nos había quedado un par de Nuevos Testamentos y algunas cartas cristianas. No quisimos dar por terminada esta misión sin terminar con todo el material cristiano que llevábamos.
Por ese motivo entramos a Pincheira, un paraje cercano a Malargüe. Allí empezamos a recorrer las aisladas viviendas de la zona, en una siesta fría y muy ventosa de Noviembre de 2007. Cuando ya atardecía llagamos a una casa muy humilde, rodeada de inmensos árboles que parecían romperse ante el fuerte viento andino. Sobre un palenque había toda clase de elementos camperos, tales como látigos, lazos, rebenques, monturas, etc.; y algunos cueros secos colgaban de las paredes.
Golpeamos las manos y se abrió apenas, una puerta de rústica madera antigua; un hombre mayor, delgado, con una gorra y muy cargado de abrigo, se asomó ante nosotros. Luego de saludarlo y aclararle quienes éramos, nos contó que su esposa estaba enferma en cama y que él tenía quebrado su brazo izquierdo. Toda la tristeza cargada de sinsabores y frustraciones se pintaba en sus ojos. Luego de que Enrique le hablara de
Jesús como el Salvador de su vida, hizo la oración de fe.
Por algún motivo Dios quiso que el fuera la última persona convertida al Señor. Aún hoy recordamos los ojos más tristes que vimos en Malargüe, los de don Pedro Tapia, quiera el Señor que se hayan iluminado con su poder.
Pastora Gloria Acosta