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RELATOS  DE  LOS  CAMINOS

Nacidos el 4 de Julio

     Ya hacía un día y medio que estábamos rumbo al Impenetrable. A las 13 horas, llegamos al Chaco, paramos en el primer pueblo Taco Pozo. Almorzamos comida fría adentro del vehículo, con las puertas cerradas porque el fuerte viento se metía adentro y nos cubría de tierra.
     Una hora y media más tarde, partimos de allí rumbo al norte por la picada 8. Tomamos ese camino de tierra formado por guadales, bordeado de vegetación seca y espinosa. El ambiente era irrespirable den tro y fuera de la camioneta. A los que raramente se cruzaban en nuestro camino, hacheros o camioneros, les dábamos cartas cristianas.  Después de haber andado unos 45 Km aproximadamente, debimos tomar la picada 20 que si bien era más larga, nos dijeron que la picada 8 era  intransitable.


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     Tomamos a la derecha el nuevo camino, y nos pareció que era peor que el anterior, los guadales lo volvía muy difícil; sólo el espinillo y el ruido monótono del monte chaqueño nos acompañaba en una soledad absoluta, polvorienta y seca.

    Enrique manejaba puesto un barbijo, que poco o nada lo defendía del polvillo; las mujeres nos tapábamos la boca con la mano o algún pañuelo. Casi no hablábamos, pero entonces Enrique empezó a relatarnos los viajes misioneros del Apóstol Pablo y las actitudes que éste tuvo frente a las oposiciones de los hombres y a las dificultades de la naturaleza que le eran adversas.
   Entonces nos dijo mientras manejaba con el rostro sudoroso, pero los ojos iluminados por la alegría que solo Dios puede dar: “ En esta hora a las 5 de la tarde, hoy 4 de Julio, en el nombre de Jesucristo, el Señor nos consagra misioneros, porque como Pablo tenemos la misión de llevar el evangelio, y lo estamos haciendo sin quejas y con gozo”.     Luego hizo una oración de consagración a su obra, y los cuatro dijimos emocionados Amen. Habíamos nacido ese día como misioneros para dedicarnos a formar parte de la “Gran comisión”.


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    Cinco minutos después, un cimbronazo sacudió la camioneta. Cruzamos de un lado al otro del camino,  golpeamos con fuerza contra la otra banquina, sentimos como si voláramos y detuvimos la marcha.

   Descendimos en medio de la soledad asustados y asombrados por lo sucedido. Enrique cambió una cubierta, le sacó pasto que la misma había mordido, y continuamos el viaje.


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     Inmediatamente supimos que el enemigo quiso frenar la misión que Dios había sembrado en nuestros corazones. Muchas veces más lo ha intentado, pero Dios nos ha protegido y dado la victoria.

    Cien kilómetros más tarde, ya de noche,  llegamos a Fuerte Esperanza y luego a Nueva Pompeya, cansados por el viaje, pero felices de estar en el lugar donde El Señor haría una gran obra con nosotros.                                                                             

                Pastora Gloria Acosta



    

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